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lunes, 23 de enero de 2017

Animales traficados: viaje a ninguna parte

Sedados, metidos en tubos de PVC, ocultos en el interior de piezas de cerámica o inmovilizados con cuerdas en cajas de zapatos. Así viajan muchos animales con los que trafican las organizaciones criminales que se dedican a este negocio lucrativo, sin importarles que la mitad de ellos muera en el camino.

Artículo de Sagrario Ortega, tomado de El Día.es


Loros muertos víctimas del tráfico ilegal. Foto: www.elcomercio.pe

EFE. Madrid.- Desde arruís (carneros de berbería) hasta tigres, pasando por infinidad de especies de tortugas, papagayos, canarios, periquitos y hasta serpientes pitón, muchos animales son objeto de deseo de las redes.

Hay mucha "cifra negra" en este delito. Es decir, no es fácil saber con cuántos animales protegidos por CITES (el convenio internacional de especies amenazadas de fauna y flora que asegura que el comercio de las mismas no amenaza su supervivencia) se trafica.

Pero sí hay una estimación de los expertos, que calculan que el comercio ilegal descubierto no llega al 10 por ciento del que permanece oculto. O lo que es lo mismo. Por cada 1.000 ejemplares intervenidos, podrían estar entrando 10.000.

El capitán José Manuel Vivas, jefe de la Unidad Central Operativa de Medio Ambiente (UCOMA) del Seprona de la Guardia Civil, explica a Efe cómo en este negocio ilegal, que podría ser el tercero en lucro tras el narcotráfico y la venta ilícita de armas, las organizaciones que trafican con animales no tienen reparo alguno en dejar un rastro de muerte en su camino.

Aún teniendo en cuenta esa "cifra negra", subraya el capitán, "no es descabellado pensar que hasta el 50 por ciento de los animales que son cazados o extraídos ilegalmente de sus países de origen nunca llegan vivos a su destino".

De todos modos, esas pérdidas ya están descontadas y "amortizadas sobradamente en los beneficios que obtienen las redes de la venta de los ejemplares que llegan vivos", continúa el capitán de la Guardia Civil.

No ha cerrado el Seprona los datos del pasado año, pero hasta finales de agosto había llevado a cabo 174 intervenciones contra el tráfico de animales y había recuperado 1.087 especímenes incluidos en el convenio CITES, de los que 755 eran aves, 126 reptiles, 105 arácnidos, 64 peces antozoos (como corales o anémonas de mar) o 26 mamíferos, a lo que habría que añadir casi 30 toneladas de peces.

Cifras que solo en los ocho primeros meses del año sobrepasaban los 808 ejemplares intervenidos en todo 2015, los 684 del año inmediatamente anterior, los 1.018 de 2013, los 696 de 2012, los 680 de 2011 y los 774 de 2010.

Un repaso al listado de CITES de animales intervenidos en 2015, por ejemplo, da idea de la diversidad de especímenes que se venden ilegalmente. A los ya citados, se pueden sumar ejemplares de ñandú, nilgo o toro azul, boa constrictor, iguana, mono de Gibraltar, águila harris, halcón, caimán, guacamayo o camaleón de Yemen, entre otros.

A veces son las "modas" las que explican que se incauten más ejemplares de un tipo de animal que de otro. Series de televisión, por ejemplo, pueden "imponer" la "necesidad" de tener uno u otro.

Pero antes de que lleguen al cliente final, o si es éste el que adquiere el animal por ejemplo en un mercadillo de un país exótico que visita de vacaciones, hay que afanarse en ocultarlo.

Vivas lamenta cómo las organizaciones buscan métodos de ocultación que, "desgraciadamente, tienen mucho menos en cuenta la supervivencia de los animales que la de garantizar que el envío llegue a su destino sin ser descubierto".

Los métodos son diversos. Pero antes, hay que decidir si viajan como parte del equipaje de un viajero, es decir, de una "mula", generalmente elegida ente personas necesitadas de dinero, o se utiliza un servicio "courier".

Si se opta por la "mula", habrá que evitar que el animal haga ruido y, probablemente, se le sedará. Pero ¡cuidado!, advierte el jefe del UCOMA, porque si lo hace gente inexperta puede provocarle la muerte casi ya en la salida.

No es raro encontrar en los puestos fronterizos pequeños loros introducidos uno a uno en tubos de PVC a los que previamente se les han practicado agujeros aleatorios para que respiren; o pequeños simios con todos sus miembros atados para evitar que puedan liberarse y colocados uno a uno en cajas de zapatos.

Pueden descubrirse también reptiles en el interior de piezas de cerámica con orificios que forman parte de la decoración.

Ni siquiera las tortugas se libran de sufrir medidas de "seguridad". El procedimiento habitual para su transporte, cuenta Vivas, consiste en sacar sus patas al máximo para fijarlas bajo el caparazón con cinta aislante.

Se consigue así que estos reptiles, que no emiten ruidos y apenas se mueven, puedan rascar con sus uñas los contenedores en los que sean introducidos y que alguien pueda oirlos.

Y si se envían de forma masiva en contenedores por barco, el viaje "puede ser un auténtico calvario", no solo por el largo tiempo del trayecto, sino por su exposición al oleaje, al calor que el sol directo genera en el interior o al frío del invierno.

Conclusión: solo hay una forma de evitar todo esto: asegurarse de que la procedencia de la mascota que queremos es lícita.

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