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domingo, 15 de octubre de 2017

Cuando un centro de rescate cierra, ¿qué ocurre con los animales?

Hoy quiero hablarles de un lugar secreto donde el maltrato se transforma en vida, donde las enfermedades sanan a base de ciencia y cariño. Se llama Rainfer, aunque su corazón lleva el apellido Bustelo.

Artículo de Raúl Mérida, tomado de Diario Información.com


Se trata de un centro para primates y, aunque los ilustres habitantes que acoge se cuentan por cientos, hoy les presentaré sólo a algunos de ellos.

Empezaré por Boris, un enorme orangután de Borneo que, capturado en libertad siendo un crío, pasó su infancia en el circo y su adolescencia en un zoo. Hoy, fiel a su estirpe, este enorme «hombre de los bosques» –significado real de la palabra orangután– otea todos los días el horizonte y huele las noticias que le trae el viento. Últimamente está preocupado. Corren rumores de que el Centro de Rescate de Primates Rainfer podría cerrar por falta de apoyo y medios.

Muy cerca de él existe una enorme instalación dividida en varias zonas, que acoge a tres grandes familias, la de Manuela, Sammy y Gomby.

Manuela, procedente de un zoo, es una preciosa chimpancé a la que le encanta regalar abrazos a todo aquel que los necesita, aunque en su corazón hay solo un amor y se llama Toti. Toti –recogido de un zoo– tapa todas las noches con una manta a Manuela y cuida de sus sueños. No viven solos. Les acompañan Yvan, Guillermo y Yaki. Ellos forman el primer grupo de chimpas.

El segundo lo lidera Sammy, que vive con Judi –nacida en África y la más vieja del lugar–. También están Chita –vendida en Turquía–, Pascualín, Tarzán y Elsa. Todos procedentes del circo.

Y nos queda un último grupo, el de Gomby –encontrado en un cubo de basura y que sufre epilepsia–. Le acompañan Sandy y Lulú –la más cariñosa y coqueta–.

Ellos son los chimpas del centro pero hay otros muchos primates víctimas del tráfico ilegal de especies, del abandono y del maltrato, que curan su pasado en Rainfer gracias a sus veterinarios, cuidadores y educadores que, con los Bustelo, padre e hija al frente, siguen poniendo corazón y alma para seguir adelante.

Pero, desde hace algún tiempo ya no pueden más y los animales lo intuyen. Sin ayudas ni medios, con las autoridades dándoles como única solución el sacrificio de los animales, el centro peligra más que nunca. Por eso, la labor de Rainfer merece como siempre todo nuestro respeto y reconocimiento, sí, pero ahora admirarles no es suficiente, esos animales necesitan nuestra ayuda. ¿Se la vamos a negar?