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lunes, 27 de septiembre de 2010

Eva, una mascota diferente

Tomado de El Progreso

22/09/2010 - Ignacio R. Díaz / El Progreso (A Chaira)

ARTURO Y EVA son la pareja de moda en Baamonde, su lugar de residencia habitual y donde es frecuente verlos de tapeo o compartiendo un desayuno en cualquier bar. Y no es para menos, pues su presencia no pasa desapercibida e incluso, diría más, llama la atención, fomenta la curiosidad y suscita no pocas carcajadas.

Arturo Rosende Coira o Arturito, como él se autodenomina, es un jubilado vinculado familiarmente a Pacios, a donde ha regresado no hace demasiado tiempo con la premisa de cuidar a Mercedes, su nonagenaria madre, y también con la pretensión de disfrutar de la despreocupación laboral que se asocia a la madurez. Un tiempo de ocio que invierte voluntariosamente en el cuidado de su perra, Luna, y de un pequeño gallinero con el que se ha volcado de lleno desde el nacimiento de Eva, una quica de tamaño reducido y apariencia de gorrión, que se ha convertido en su fiel y no menos llamativa mascota.

Eva, que de noche lleva la vida gallinácea que corresponde a los de su especie, ha empezado también a disfrutar ya de algunos placeres mundanos que le ha enseñado su dueño, quien algunas mañanas la rescata de sus dependencias para compartir el desayuno, leer el periódico o tomar unos vinos por los bares del pueblo. «Parece un pajarito y no molesta a nadie», dice Arturo, quien no oculta su asombro por la gran expectación que despierta entre los viandantes que se cruzan en su camino, cuando pasea con Eva posada sobre su hombro, o cuando saborea gustosamente un café o un vino mientras la diminuta gallina pasea sobre la mesa u observa detenidamente el periódico, ya sean noticias políticas, la bolsa o los deportes, pues «parece que le interesa todo», apunta.

«Esta quica es como el milagro de la Santísima Trinidad», sentencia Arturo, quien curado ya de complejos no evita las muchedumbres para presumir de mascota. «Es muy tranquila y la puedes llevar a cualquier sitio, porque no molesta», dice, para luego explicar que «si estás en un bar y le das unas migajas, una galleta o un trozo de chocolate, ya la tienes entretenida y contenta para un rato». Además, «como es muy manejable, no tienes ningún problema para llevarla de un sitio a otro. Y si defeca, allí está Arturito para arreglarlo todo», relata.

La admiración mutua que sienten Arturo y Eva no se antoja fácil de explicar, aunque en el caso de Arturo sí hay elementos que justifican el aprecio a esta quica, que «es una de las pocas cosas con las que consigo sacar una sonrisa a mamá», relata. «Mi madre tiene 90 años, está muy delicada y vive en la residencia Mapfre Quaevitae de Castro», explica Arturo.

«Siempre que voy a visitarla -dos o tres días por semana- llevo a Eva conmigo, porque le causa mucha gracia y la coge como si fuera un pajarito. Además, todos los residentes que están en la sala miran para la quica con unos ojos de asombro increíbles», relata. «Es la mejor terapia posible para la gente mayor», dicen los médicos y los cuidadores que atienden a los residentes de este centro asistencial.

En un tono ya más serio, este jovial begontino reconoce que nadie ha conseguido explicarle las posibles causas genéticas o biológicas que motivaron el diminuto tamaño de Eva. «Incluso la llevé al hospital veterinario Rof Codina para que le hicieran una investigación y me dejaron como estaba», comenta Arturo, quien reconoce que la madre y la hermana de esta quica son especies gallináceas pequeñitas, pero «mucho más grandes que este pajarito», sostiene.

Vínculos
Arturo, a quien el paso del tiempo casi nunca apremia en esta etapa vital, confiesa ser un gran amante de los animales, ya que genera vínculos de complicidad tanto con sus gallinas como con su perra Luna. «La perrita es otro fenómeno objeto de estudio», dice Arturo, para luego explicar que «aún es un cachorro de pocos meses, pero también me divierto mucho con ella, pues es la leche. Parece muy agresiva, pero luego es muy juguetona, come de todo y le encantan las manzanas. Eso sí, tienes que dárselas en trozos y peladas».

La pasión, por no hablar de la complicidad que logra establecer este begontino con cualquier tipo de mascota no ha pasado desapercibida para sus vecinos, a pesar de que tan sólo lleva un par de años más o menos afincado en su casa de Pacios, en Baamonde.

«Mi vecino, que tiene una explotación ganadera, me dice siempre que un día me va a dejar sus vacas para que las eduque. Aún no se ha decidido, pero seguro que en un par de días ya las tenía de mi mano, porque lo único que aún no he sido capaz de domar son las mozas... Que tampoco faltan», apostilla.

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